Un ángel demasiado leve para caer del paraíso

Ella cuelga del guarda monte, sin sostenerse con nada más que su espalda, arqueada, casi quebrada. Ella gira sobre el revólver que gira, gira sobre la música vertiginosa, circular, inaudita y, cada vez que completa sus 360 grados, lo mira. Lo mira a él que cuelga del otro guarda monte, del otro revolver, tensando el brazo fibroso para elevarse y dar vueltas. Cuando se enfrentan, ella lo mira y las cosas pasan más despacio, en cámara lenta. Después de tantos shows, de tantas prácticas, ella siente que puede manejar el tiempo, apaciguarlo o acelerarlo, según su conveniencia. Y así entonces enlentece los segundos que confluyen en ese punto donde los ojos de ambos se encuentran. Sin embargo, no se encuentran. No realmente. Él mira con la conciencia deshabitada, no la ve a ella.

No la ve a ella como la vio la primera vez, atravesando la entrada de la residencia de Montreal, con ese cuerpo de niña desgarbada, frágilmente cristalina, rusa, poblada solo por unos ojos turquesas y una piel de porcelana, lista para quebrarse en mil pedazos y descubrir, en su interior, otra muñeca. Él apostó consigo mismo, en ese instante, que ella no duraría dos días de entrenamiento. Se equivocó. No quería equivocarse. Quería deshacerse lo más pronto posible de esa figura flaca y liviana grabada en la retina con un fuego extraño y ensordecedor. Le habían dicho que ella quería viajar. Él, en cambio, quería ir a Las Vegas, al show permanente. No lo había puesto como condición, no creía que nadie pudiera ponerle condiciones a la dirección. Pero sí había manifestado que quería vivir en una casa, con ladrillos, con cosas que pudieran considerarse propias, con una esposa que no se dedicara al arte sino a cuidar a los hijos, con una familia a la que volver, por lo menos las noches en las que él volviera. Ella no podía ser parte de ese plan y, por eso, se propuso no estar con ella, no ceder al aroma, no pensar en el sabor de su clítoris tembloroso, no considerar los lugares en los que desearía derramar su semen, no verla ahogarse en su semen. A pesar de sus esfuerzos, el ritmo de las cosas los ubicó juntos. Los hicieron pareja o, más bien, la pareja, el dúo pasional que necesita todo circo. Y, así como así, él fue seleccionado para la vida nómade, para rotar de ciudad, país y continente, para vivir en hoteles, en carpas, en aviones, para vivir con ella.

Se besaron por primera vez en Buenos Aires, en La Boca. Era, de igual modo, la primera vez que decidían pasar su tiempo libre juntos. Hasta entonces había sido no más que una relación profesional. Apenas sugerida la amistad, empezó el sexo. Ella fotografiaba a un hombre estatua, con un bandoneón entre los brazos. Y él, desde atrás, se acercó a su ínfima humanidad, huesuda, elástica, apoyó una mano sobre el hombro, la dio vueltas, apartó la cámara y la besó. Después corrieron al hotel y ella desplegó todos los colores de su arcoíris. Ahora él no la mira, la ve solo como un fragor virando en el horizonte, la ve como la vio anoche, otra vez en Argentina, cinco años después de esa primera vez, desdibujada, moribunda, inanimada bajo el cuerpo de él, indiferente a su embate vigoroso, frígida.

Ella sí lo mira y arma en el aire la figura de un ángel demasiado leve para caer del paraíso. Inmune a la gravedad, su revolver se balancea más ágil que el del otro, y, al estar hecho de tubos luminosos, el armatoste deja una estela a su paso, como unas alas de neón. Y aunque ya no gira ella igual encuentra el ángulo para verlo, para verlo distante, apacible, concentrado en su propia rutina, como anoche.

Los cañones de las armas nunca se enfrentan demasiado rato. Ellos deben cumplir el papel de dos prófugos, dos cómplices, que han matado a alguien, pero no se matan entre ellos. Sin embargo, ella sabe que en algún momento la canción dice “no seas tan cruel”. Lo sabe porque él se la tradujo. Lo sabe porque teme no poder soportarlo esta noche. Lo sabe y entiende que esa frase se aproxima, porque ellos ya tocan el suelo con las puntas de los pies, los revólveres se pierden en un falso cielo nocturno, enmarañado de cables y luces y camarógrafos, y el misil baja, iluminado y refulgente, para que ellos dos se trencen en un coger de acróbatas, sugerido, evadido, aéreo, mortal. Ahí está el misil para eso, pero antes, antes de que los cuerpos se entrelacen, antes de que el público imagine que así se debe fornicar en el Olimpo, antes de todo, ella se sienta en la base del misil y sobreactúa un rechazo, sobreactúa un abandono, sobreactúa un no. Es así como lo han ensayado, una y otra vez. El cuerpo de ella, primero, tiene que decir no. Y él, que oficia de la voz cantante, aunque no cante, que oye el ruido blanco como la alarma en los oídos, tiene que sobrevolar ese no. Y ahora es cuando. Ahora es cuando. Ella lo sabe porque él la gira con cierta violencia, la enfrenta a su cara (aún así, no la mira), la sacude para acercarla más a él y entonces, finalmente, precisamente, la canción dice como si él dijera: no seas tan cruel.

Ella siente que esas cuatro palabras le resuenan en cada hueso, le bajan por la espalda, le tamborilean en la panza, le electrizan los dedos de los pies. Ella convoca todas sus fuerzas para sobrevivir el instante. Se recupera. Siempre se recupera. El misil sube, gira. Ella lo mira. Ella le pide disculpas con los ojos… vanamente, estérilmente, porque él no la mira, sigue sin mirarla. La ve, si, parcialmente: un brazo, una pierna, un cuello, una cintura. La ve como la máquina que se acciona en la línea de producción, la ve como un artefacto para sostener o sostenerse, al calor de la música y del auditorio que disfruta el espectáculo. Al que sí ve es a uno de los camarógrafos que, sentado en una silla suspendida, los registra. Lo ve mientras el misil que los carga gira. Lo ve mientras las piernas de ella se abren como dos péndulos rebeldes, volando sobre él que, simultáneamente, arquea la espalda sobre la base del misil y cuelga como entregado al amor de ella. El camarógrafo sonríe. O al menos él cree que el camarógrafo sonríe. Sonríe al verlo entregado, inmóvil, mientras ella se luce, se retuerce, se desarma y arranca al público un aplauso tupido, pujante, musculoso. Ella es la diva. Y anoche no era más que un pedazo de carne congelada, incapaz de beber de la hombría. Anoche, como todas las noches de los últimos tiempos, prófuga de sí misma y ensimismada, inepta para levitar, inútil para desplegar las alas. ¿Será, así también, con el otro? Porque, por supuesto, hay otro, tiene que haber otro. Otro que podría ser el mimo, el del diábolo, el iluminador, el director, o hasta ese camarógrafo que lo mira, que lo mira y sonríe mientras él hace el papel del inmóvil, entregado al amor de ella.

Ella, que resplandece, que arranca un aplauso furioso cuando su cuerpo habita el absurdo, la flotación, el vuelo, sigue buscándole la mirada y no la encuentra. Sigue buscándolo a él sin fallar un solo movimiento, sin fallar una sola escena. Repite lo practicado como se repite la respiración, automáticamente, inexorablemente. Y no falla. Está entera buscando la mirada de él y mientras tanto su cuerpo sigue actuando, sin ella. Sirena en el corazón de la atmósfera, triunfal sobre la viga, abierta como septiembre en flor, entregada toda a él que no la mira, que no la ve, que no la observa, que no la siente, que no la vive, que no la entiende, que no conoce las terquedades de sus filamentos, los bordes de sus pasiones, el color que manda en su arcoíris. Basta, ya basta, piensa ella y deja de mirarlo.

Deja de mirarlo ahora que él la tiene agarrada de los brazos y el misil gira y su cuerpo de mamushka vacía flota en el aire frío de mayo, bajo las luces, los cables y las cámaras. Y él, entonces, la mira. La mira y encuentra que ella no lo observa, que ella existe como si él no existiera. ¿Y si la soltara ahora? ¿Y si la soltara y ella saliera expedida hacia las fauces del público que tanto la ama? ¿y si la soltara ahora y acabara con todo? ¿Acabaría, así también, con el otro? ¿Acabaría con la sonrisa provocadora del camarógrafo? ¿Acabaría con el recuerdo imposible de ese niño sin nacer, que ella arrancó de su vientre etéreo, liso como el humo, para conseguir otro aplauso, otra gira, otro show? ¿Acabaría, finalmente, consigo mismo?

No la suelta. El misil baja. Ellos quedan enroscados en el piso, en posición final. El público revienta. Cunde la oscuridad.  Ella le dice, en un español acentuado: no seas tan cruel.

Visita el artículo original en: https://algunossondeficcion.com/go/relatos/un-angel-demasiado-leve-para-caer-del-paraiso/

 

Author: admin

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *