Reflejos sobre una transmisión en vivo

En el escenario, montado en Washington DC, habla una actriz. Se mueve, histriónica, de un lado a otro. A veces sacude el cuello como una gallina y, con un acento que me suena texano, se reivindica “a nasty woman”, o sea, una mujer sucia. Yo, que siento la sangre brotando entre las piernas -unas piernas con varios kilos de más- y tengo -quizá por eso- una lámina de sudor cremoso en todo mi contorno; lámina que comenzó a gestarse en un semicama, durante cuatro horas- ; yo, que soy todo esto, la sangre, el sudor y el semicama, sé de suciedades. Las sé en este departamento, tan pequeño, tan cerrado, tan propiamente enclavado en el centro de Almagro, a donde vine a parar un fin de semana atípico, bajo el azote del verano.

Sospecho que el flamante presidente de los Estados Unidos habrá llamado “nasty” a alguna mujer en particular y por eso el monólogo, que ya empieza a parecerme un poco ridículo, no tanto por el contenido, sino por la forma payasesca en la que la actriz lo actúa, modulando con la exageración del que tiene que fingir un sentimiento y luciendo un collar de perlas que más bien no se ve muy “nasty”. Estados Unidos es así de raro.

– ¿Cómo se llama esta mina?

Tomás deja un minuto su computadora y se acerca a la mía.

– No sé, es la que actúa en esa película con Morgan Freeman

– ¿Cuál?

– Qué se yo, Morgan Freeman está en todas las películas

Yo me rio y Tomás inmediatamente lanza una carcajada estrepitosa, que se alarga varios segundos, se detiene, toma aire y sigue. Con lo irremediable de un instinto animal, mi risa también se alarga, se detiene, toma aire y sigue.  Yo no rio así usualmente: hay una fuerza gravitatoria que me arroja a la órbita de Tomás, una órbita donde el tiempo de la risa se dilata, independientemente de la calidad -aunque no de la ideología- del chiste que la precedió. Tomás es de esas personas que no ríen a medias.

– ¿De dónde es ésta transmisión?

– Del Facebook del Washington Post

– Ah, pásame el link por Whatsapp así lo mando a los de la sección internacional. Lo podríamos pasar en el diario, ¿no?

Le paso el link y sigo mirando. La transmisión me está haciendo perder un poco la paciencia. Solo se ve el escenario por donde desfila un conglomerado de dirigentes políticas, que, a mí, argentina, sudando en Almagro, se me hace gente que habla contra la violencia de género con la misma facilidad con la que bombardea países. De las manifestantes de a pie solo se enfoca, y muy pocas veces, a unos cientos de mujeres que están en las primeras filas, casi todas blancas, ataviadas con gorros, bufandas y orejeras de color rosa. Es imposible saber cuánta gente hay. Abro en otra pestaña el Facebook del New York Times. Mientras sigo escuchando los discursos, veo imágenes de Chicago, Nueva York, California y del resto de la explanada de Washington: tiene que haber cientos de miles.  Ante este tipo de imágenes, mi cuerpo sufre una especie de esquizofrenia política, como un choque entre la alegría y la impotencia, la atracción y el rechazo, la esperanza y el pesimismo. No puedo decidir por cuál sensación me inclino más. Tampoco sé de dónde sale esta necesidad loca de inclinarme por una, esta incapacidad de hacerlas convivir en su lucha, de ser la lucha entre ellas, o las estelas que brotan de su conflicto inevitable.

Tomás resuelve estas cosas de una manera más sencilla: se ríe. Ya terminó de corregir y cargar las notas que tenía en cola y ahora está sentado a mi lado y me pide que volvamos al streaming de los discursos.

 

-Boluda, Madonna se empastilló mucho, parece una de esas señoras que se pasan de copas en los casamientos.

 

De vuelta el tiempo se dilata, la risa se alarga, se detiene, toma aire, y sigue. Yo me relajo. Veo reflejado en la pantalla, sobre el movimiento de Madonna, el torso desnudo de Tomás y sus tetas, que, llamativamente parecidas a las mías, son dos conos erectos, de pezones grandes y suaves que se extienden hasta casi la mitad de cada seno. Recuerdo haber visto estas tetas muchas veces, frente a los ojos escandalizados de los padres y las madres que van a birlar el verano a la florida y, también, antes, cuando no se desnudaban en público, pero sí, una vez, en mi cama. Aunque entonces eran las tetas de Maira, de Rosario y no las de Tomás, de Almagro.

 

Madonna efectivamente parece empastillada. Habla con menos convicción que una babosa y desafina una versión de Express yourself.  El público más inmediato al palco no parece muy movilizado y por eso Madonna siente la necesidad de empezar a gritar la palabra revolución y no sé qué otra cosa. La diva termina su espectáculo y se retira. Ganan el micrófono una mujer afroamericana, que denuncia la violencia policial, y una palestina, que aclara a sus compatriotas norteamericanas que la guerra empezó hace tiempo. Me entero por twitter que la CNN cortó la trasmisión justo cuando hablaron ellas y la retoma ahora, ahora que suben en bloque todas las legisladoras demócratas y, extrañamente, con sus rostros, dibujan una especie de corpiño sobre las tetas de Tomás, que siguen reflejadas en la pantalla.

 

Y no sé por qué, en este momento, detengo el juicio, me pierdo en la sucesión de imágenes, tremendamente en vivo, al alcance de la mano, en los rincones más remotos del planeta. Pienso en estas postales que se imprimen en tantos ojos, como se imprimieron en los míos las tetas de Maira, traducibles, igual que las calles repletas, a todos los idiomas, a todos los géneros, a todas las culturas, a todas las sábanas que conocen el roce de la piel, a todas las manos donde florecen las llagas del trabajo y, también, al lenguaje de las tetas de Tomás, que ya no son las de Maira.  Entonces una poeta sube al escenario y recita my mother was a freedom fighter, y me embriago en versos que no comprendo con la razón, sino con el oído, y pienso en ese oído que no tuve cuando Tomás me dijo, hace varios años, “vos me usaste para experimentar”. Pienso que en cuestiones de amor tuve muchos experimentos y pocas experiencias, muchas ratas de laboratorio, mucha solución acrílica, mucho Dr. Frankenstein y poca Mary Shelley. Cuento todos los corpiños, todas las sombras sobre un vidrio esmerilado, todos los parlamentos, los decretos, los palacios de justicia, todos los partidos demócratas, todos, todos los que llevo adentro mío, carne de mi carne, y que traigo como traigo el humo en los pulmones, a este Almagro en verano, al cual peregrino.

 

Tomás, en cambio, resuelve estas cosas de una manera más sencilla: se ríe.

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