El sauce

I

Hay un sauce que crece oblicuamente al río. Sus hojas lloran sobre el agua vidriada.

 

II

Mientras medita sobre lo mal que andan las cosas en el país, Polonio observa a su hija aproximarse a la cocina, tambaleante, con expresión contrariada. El hombre, afectado por la aparición, deja el diario, toma un sorbo de café amargo, se lleva los dedos a la barba y se pone a hacerse un rulito, en señal de concentración. Lo que agrupa la atención de Polonio es Ofelia. Parece haber amanecido otra.  Ahí donde había una pradera de flores blancas, se extiende ahora un campo seco, ajado por el fuego, cubierto después por la helada. Sobre las mejillas, antes rojizas, irrumpen unas ojeras color musgo, que bien podrían ser unas aves predadoras, a la caza de los ojos… Los ojos que ya no son más que un par de bolitas cenicientas, opacadas por una suerte de antifaz negro, difuminado, como cuando se corre el delineador a fuerza de roces y humedad. Ofelia parece un corso desteñido.

Buenos días, ¿no?, mufa Polonio. A cambio, recibe una brisa gélida.

Ofelia pasa por al lado de su padre como si éste fuera un fantasma, una alucinación, una sombra que, de prestarle atención, no conduciría a otra cosa más que a la locura y su método. Porque Ofelia puede no saber muchas cosas, pero hay una que la tiene clara: su padre está loco. Y ella ha decidido no seguir el mismo camino. Por eso lo ignora. Lo ignora y sigue su rumbo hacia la cafetera. Necesita una buena dosis de cafeína para remontar este entumecimiento del espíritu, este no ver nada que no esté nublado, este estado de borrachera permanente, este sentimiento de tener los brazos llenos de aire y, sin embargo, pesar una tonelada. Ofelia, que ya no puede cerrar las piernas normalmente, que ya no puede caminar como la mozuela que supo ser, que ya no reconoce su propio cuerpo, necesita cafeína, la requiere, daría entera su volátil existencia para que ese líquido pantanoso, recalentado por tercera vez en la misma jarra, le pasara por la garganta haciéndola sentir algo, le resbalara hasta el estómago haciéndola despertar un poco. No hay caso. Ella no siente, no realmente. Ella no termina nunca de despertarse.

Dije buenos días, rezonga Polonio.

Ofelia decide romper el silencio que mantiene hace dos meses y le habla.

Buenos días, papá.

Lo que sigue es lo que interpreta Polonio:

 

III

El padre no puede creer lo que ve, pero sí lo que huele. Ofelia, promedio perfecto, abanderada de la papal, está macerada en una mezcla de tabaco, sudor y vino. Está exhausta, tanto que parece levitar, parece separarse del mundo como una ninfa en coma.

Es su hija, está preocupado. Tiene que preguntar.

¿Qué hiciste anoche? ¿Te sumergiste en un barril de vino?

¿Qué decís?

Vamos, te huelo el vino desde acá.

Bueno, si te molesta, acá tenés romero, para tapar el olor, le dice Ofelia mientras le arroja un paquete de la marca Alicante, que le da en la frente al viejo y luego rueda hasta el piso donde es interceptado por un perro orejudo, que gusta mucho de jugar con bolsitas como esa, ruidosa y llena de un extraño regaliz.

¡De dónde saliste tan maleducada vos!, grita Polonio tocándose la frente en el lugar donde le picó la punta plástica del paquete.

Andá viejito, fumate ese romero que dicen que hace bien a la memoria. Y diciendo esto Ofelia arranca de cuajo una de las flores de plástico que coronan un florero vulgar y se la pone detrás de la oreja.

Me queda linda, ¿no?

¿Seguís borracha?, inquiere Polonio

La respuesta de Ofelia, que iba a decir que nunca estuvo borracha, se convierte en un eructo errante, de ultratumba, con burbujitas.

¿Y me podés explicar a dónde te fuiste a emborrachar?

Estuve toda la noche en mi pieza.

¿Te emborrachaste en tu pieza?

Ofelia no responde. Polonio siente que el silencio de su hija es una afirmación que no quiere decir y lo da por sentado. También da por sentado que ella no estuvo sola. Porque Ofelia no es de emborracharse. En esa pieza hubo otra persona, alguien que la indujo a esta descompostura, alguien que la llevó por el mal camino. Polonio pregunta:

¿Quién vino?

¿Quién va a venir?

Como si la respuesta de Ofelia tuviera propiedades mágicas, Polonio, de golpe, se da cuenta de todo. Descubre aquello que, en la consternación por el semblante achacado de su hija, no había mirado con detenimiento: la remera. Los levemente puntiagudos senos de su hija sobresalen debajo de una remera donde se lee “Carnicería, El trono”. El anuncio está escrito en letras amarillas y azules, bajo una corona de brazos curvos y puntas redondeadas, casi más parecida al sombrero de un bufón que a una corona.

 

IV

Lo que verdaderamente le rompe el corazón a Polonio esa mañana no es que su hija haya perdido la virginidad. Lo que le rompe el corazón es que la haya perdido con el paspado del hijo del carnicero.

Polonio repasa entonces lo que sabe y piensa del muchacho.

El punto de partida es obvio: hay que reconocer que el pibe merece cierta lástima, cierta misericordia. Basta ver el apodo que le pusieron: Hambre, porque se dice que está muerto de eso.

Su contextura física parece darle la razón a la inventiva de los compañeritos de escuela. Tiene unos bracitos como de cabello de ángel, una cara verdosa, chupada, dos pupilas tendientes a perderse en el horizonte. Hambre compensa esa fragilidad física con una fragilidad todavía mayor en el terreno moral. El pibe está perdido. Se sienta como Charly García, cruzando las rodillas huesudas y encorvando la columna como un maniático. No puede decir dos palabras sin perderse, interrumpe diálogos con comentarios fuera de contexto, hace insinuaciones pornográficas o, simplemente, echa a andar la lengua, sin utilidad ni objetivo. En estos trances, a veces, parece que tiene personalidad, que eleva la voz, que se enoja por algo o, incluso, que es capaz de ponerlo todo en cuestión, hasta su propia existencia.  Pero enseguida vuelve a su insulsez cotidiana. Para el padre, compungido por el destino de su hija, Hambre no es interesante ni en tanto loco.

Hay una sola cosa del chico que a Polonio lo maravilla: su rampante estupidez. Es lo único que lo sorprende. Hambre es una bestia capas de tropezarse quince veces con la misma mesita ratona, que jamás parece ver o recordar, o quedarse babeando sobre la tarea de matemáticas, sin entender siquiera el problema planteado. Así lo miraba desde lejos Polonio cuando el pibe venía a estudiar con Ofelia, la solidaria Ofelia que le había tomado cariño a ese pedazo de bruto, a ese animalito que tuvo la suerte de sentarse en el pupitre contiguo al de ella.

Jamás hubiera imaginado Polonio que esas tardes de estudio con el muchacho convertirían de tal modo los sentimientos de Ofelia. Y ahora se enfrenta a la realidad, a su hija con la remera de la carnicería El Trono. La carnicería donde Hambre trabaja después de la escuela, usando esa misma remera que ella lleva puesta ahora. Y sabe que es la de él, porque solo hay otra remera como esa: la del carnicero, el padre -o, mejor dicho, el tío- de Hambre. Y esa remera es demasiado grande para ser la que tiene puesta Ofelia ahora. Tiene que ser Hambre, o no ser.

 

V

¿Estás saliendo con el hijo del carnicero?, pregunta Polonio, finalmente.

El perro orejudo, que está enroscado a los pies del hombre, parece sobresaltarse con la pregunta, se despierta, descubre que todavía tiene la bolsita de romero, ruidosa, misteriosa y se pone a mascarla.

¿Otra vez con esto papá? ¿No te acordás que ya tuvimos esta conversación miles de veces? ¿no te acordás de lo que pasó?, se queja Ofelia.

El perro pega un salto para tirarse a sí mismo la bolsa de romero en el aire. Está oficiando de amo y mascota a la vez. Polonio, en cambio, oficia de atónito: no se mueve, casi que no respira. Intenta recordar lo que dice Ofelia, intenta recordar otra conversación igual hasta que se rinde, se enoja y vuelve al ruedo.

¿Y qué si ya hablamos de esto? ¿Y qué si me olvidé? Me fallará la memoria, pero no el entendimiento. Vos vas a ser abogada o médica. Ese pibe va a terminar vendiendo churros en el parque Ofelia, ¿no entendés?

Ofelia le responde cantando:

 

no entiendo nada

porque soy nada

 

yo soy el aire

soy la mañana

soy un reflejo

la luz del sol

 

¿Con quién hablás viejo? Pregunta Lastres, el hijo mayor de Polonio, recién levantado, ingresando a la cocina.

Ofelia sigue cantando.

 

yo soy la sombra

soy un fantasma

el arma tibia

de un viejo amor

 

VI

En la desolación, Polonio siente el hocico de su perro orejudo, empujándole la bolsa de romero, ruidosa, plástica, marca Alicante, contra la rodilla. Quiere jugar. Para decepción de la criatura, Polonio toma la bolsa, la abre y empieza a arrojar esos filamentos secos y perfumados por doquier, mientras gira entorno a la mesa y canta:

 

era el día de San Valentín

y la muchacha

fue a la ventana

de un gran amor

 

observándola entre los vidrios

la invitó a casa

como si nada

la desnudó

 

En vano Lastres intenta detener a su padre. En vano le pide que deje de obsesionarse con el hijo del carnicero. En vano le reprocha seguir mezclando su medicación con vino, el vino ese cuyo olor tiene impregnado en la piel, en la boca, en el pijama. En vano le recuerda que, por eso, por ese vicio del padre al volante, Ofelia murió.  En vano se retira.

Polonio sigue cantando.

 

pero el amor

era un fantasma

y como vino

se la llevó

 

ahora te canto

canción perdida

te canto solo

sin ton ni son

 

VII

 

Hay un sauce que crece oblicuamente al río.

Sus hojas lloran sobre el agua vidriada.

 

Allí Polonio llegó cantando.

Llegó arrojando ramitas de romero,

colgando como candiles

hojas de coca

y de laurel.

 

Llegó Polonio con las manos llenas de violetas.

Amó la rama.

Fue pez entre lo púrpura y cantando

lo meció la corriente.

 

Sus ropas se embebieron.

El barro lo arrancó de su flotar melodioso.

Todas las violetas se marchitaron.

 

Hay un sauce que crece oblicuamente al río.

Sus hojas lloran sobre el agua vidriada.

 

 

 

 

 

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