¿Viernes o te vas? Capítulo 9.

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Me cogieron en volandas, me subieron a hombros y me  pasearon por el You Rock como a un torero en la plaza tras la corrida de su vida. La gente se sumó al mantra y aclamaban enardecidos «bautismo» una y otra vez. Mis nuevos amigos me acercaron a la barra y el camarero, un roquero fortachón de barbas largas, me ofreció los brazos y me ayudó a pasar al otro lado.  Luego se acercó al Dj residente de la cabina y le cuchicheó algo al oído, y volvió levantando la mano, haciendo los típicos cuernos de los conciertos de heavy, mientras tanto la gente, expectante por lo que iban a hacer conmigo, seguía gritando exaltada.

De repente la música cambió, y comenzó a sonar la canción de cabecera de la serie anime Candy Candy a todo trapo.

 Si me buscas,

tú a mí me podrás encontrar.

Yo te espero aquí sí, sí este es mi lugar.

Si quieres reír,

Descubre la alegría de soñar un mundo de aventuras sin igual junto a mí,

a tu amiga Candy…

Si te sientes solo,

recurre a mí,

te estaré esperando aquí,

cuéntame tu historia y te alegrarás.

Sabes que una amiga tendrás.

Búscame, sígueme, llámame Candy.

Busca mi camino, sígueme, llámame Candy.

La gente movía los brazos en alto de izquierda a derecha, y yo me sentía embriagada y poseída por aquel egocentrismo, mandando besos a todo el mundo con las manos y saludando como Rania de Jordania.

Cuando la canción terminó, el Dj agarró el micro y soltó una perorata que hizo enloquecer aún más a la muchedumbre apiñada contra la barra. No pude entender absolutamente nada de lo que decía porque estaba entregada con el camarero, encendiendo con el mechero una ronda de chupitos, llamados «cucarachas infernales». Igual me había equivocado de profesión, esto de ser camarera se me daba de la hostia.

—Muy bien, guapa, ahora vamos a bautizarte —me dijo el camarero con una sonrisa maléfica plasmada en los labios.

—¿Y cómo pensáis hacerlo, acaso tenéis una pila bautismal? —bufé irónicamente, ¿acaso me iban a tirar una botellín de agua del tiempo?. Qué cutrez.

—No, chata, tenemos un serpentín cargado de rubia fresca.

—¿Con cerveza? —Abrí los ojos de par en par.

—¡Claro! Además de guapa eres muy lista, venga Candy, tu público te aclama.

Y así era, toda la peña borrachuza del local gritaba mi nuevo nombre, y mis colegas de farra estaban hacinados en la barra para oficiar aquel ritual loco.

El camarero me colocó la cabeza bajo el grifo de cerveza, apartando mi pelo hacia un lado usando su mano como coletero. Parecía más el comienzo de un ritual maya que un bautismo.

—¡Por el poder que la noche alicantina me ha dado y los efectos del cazalla, el ron, el tequila y otras bebidas espirituosas, yo te rebautizo con el nombre de Candy, porque eres una tía que te cagas y seguro que sabes dulce como el caramelo! —gritó Raúl todo lo alto que los pulmones le permitían.

Al punto el camarero accionó la manilla del grifo y la cerveza fresca y espumosa empezó a calarme la cabeza, dibujando riachuelos del maravilloso zumo de cebada por los surcos de la cara, que desembocan directamente en mi boca y bebí agradeciendo aquel trago de amarga cerveza gratis. El camarero me soltó y se unió a los cánticos del personal y yo aproveché para amorrarme al serpentín, tragando desesperada aquella birra fresquita, hasta el punto de atragantarme.

—Creo que es suficiente, guapa, o me tocará cambiar el barril. —El camarero me apartó del serpentín y me sentó encima de la barra para devolverme a la muchedumbre, que me recibió con grandes abrazos y besándome las mejillas como si fuera la heroína del momento.

—Eres la leche, Candy, eres la caña de España —me dijo Pablo, descolgándose en mis hombros para darme un beso en la mejilla.

—Lo soy, soy la putaaaa amaaaaaa.

—Yo también quiero que me rebauticen, quiero ser Putricia Adams —refunfuñó Patricia.

—¿Y por qué Adams? Mejor podemos llamarte Diario de Putricia —comentó Raúl, que le había cogido el gusto a oficiar bautizos.

—No me gustan los nombres compuestos —respondió mi amiga dando un profundo trago a su cubata haciéndonos estallar de risa ante aquel chascarrillo.

—¿Qué tal si salimos a que nos dé el aire? Me siento algo mareada. —La cabeza me daba vueltas como una lavadora y la cerveza estaba empezando a galopar por mis venas, entremezclándose con el batiburrillo de licores dignos de Massiel que llevaba ya acumulados en el cuerpo.

Patricia se negó a abandonar el local, por lo visto había oteado un tío al que juraría haber hecho un tacto rectal, y los demás querían ver la cara de estupor del pobre chico cuando ella en toda su borrachera le dijera: «Hola, ¿nos conocemos?», apuntándole con su perverso índice el culo. Sin duda era un gran plan, pero yo necesitaba aire fresco. Jerson me abrazó la cintura y apoyó todo el peso de su mejilla en mi hombro.

—Te quiero, Candy.

—Y yo te adoro, gordito mío —respondí contentísima besándole la frente, luego tuve que limpiarme su sudor de los labios. Estaba sudando la gota gorda. Y yo. El calor era infernal en aquel tugurio. Todos estábamos sudando a raudales.

Me peiné con las manos el cabello y me masajeé las sienes tratando de enfocar. Pero todo a mi alrededor era como irreal, como estar en un sueño, como un día de neblina. La música resonaba opaca en mis oídos y las voces de mis amigos me llegaban lejanas y dispersas como si me estuvieran hablando a través de un teléfono averiado.

—Jerson, voy a la calle, voy a respiraaaarr, la vida que me das, yo quiero compartir las ganas de vivir, yo quiero respiraaaaraaar, yo quiero respiraaaraaar…

—Vuelve —me apuntó el pecho con su dedito tan regordete que parecía el de una muñeca chochona.

A casa vuelveee, por Navidaaad, que es Nochebuenaaa y mañana Navidaaad —entoné mientras Jerson asentía complacido, a decir verdad, todo él guardaba un parecido más que acojonante a la chochona típica de las tómbolas ambulantes.

Y tratando de recordar dónde había ido a parar la mía, lo dejé en la barra y me fui cantando más feliz que una perdiz: «Yo quiero respiraaaarr, la vida que me das, yo quiero compartir las ganas de vivir, yo quiero respiraaaaraaar, yo quiero respiraaaraaar».

Próxima semana : Capítulo 10. Su chasco, gracias

Ninaflecha

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