Un domingo sencillo

Envié mí cuerpo a la misma rutina. Un fin de semana más, de espera, con el sol alegremente abrazándome por ahí dónde le dejaba piel al descubierto. Como tengo la buena costumbre de ponerme siempre nerviosa en estas circunstancias, me llevé un paquete de cacahuetes que llevarme a la boca para disimular el estrés. No había mucha gente esperando a demasiados seres queridos, aparentemente, pero yo los lideraba a todos, primera en la fila. Que no servía de nada, por ahí sólo salían los recién llegados a buen puerto. Mi blusa de manga corta con estampado a cuadraditos naranjas y marrones me daban un aire de cortar árboles en mis ratos libres. No pegaba nada con mis sandalias romanas. Y unos pantalones cortos poco comunes para mi gusto, pero la comodidad y el calor le ganaban la partida a mi sentido superficial sobre lo éstetico.

Notaba el sol mordiéndome por los brazos. Hasta que mis ojos volvieron a encontrarse con su varoníl silueta acercándose cada vez más hacia mí. Los rayos uva dejaron de importarme, por completo. Introduje mis labios entre los suyos, permitiéndole lidiar con mis besos sin apenas ofrecerle tregua para inspirar oxígeno. Su mano, rodeándome por la cadera, daba intenciones de apuntar más bajo pero no estabamos con tanta moral cómo para hacer un requiem del RyanAir destino a Ibiza ahí mismo. Seré lanzada, pero para algunos atrevimientos no soy más que una del montón, que elige la opción de no atreverse.

De camino al coche, nos saltamos la parte obligatoriamente casual de la charla ámena sobre banalidades, saltando directamente al tiempo vivido juntos el fín de semana anterior. A los dos se nos dibujaba esa risa tonta en la cara. Ya dentro del vehículo, con el aire acondicionado puesto pero con la marcha en punto muerto, me dejé manosear toda la parte desnuda de mi pierna, devolviendo los agradables mimos a dos manos, sin caer en la pornografía. Todavía.

Nos quedaba todavía por recorrer unos tres cuartos de hora en autovía antes de poder volver a estar solos, juntos. Tomando autopista, metí las marchas jugando con la palanca de cambios, rodeándola con mis dedos y moviendo la muñeca interpretando una masturbación masculina. En silencio, me toreaba con la mirada. Sin decir ni hacer nada concreto a mi provocación, se refugió en hacerme saber su deseo de tomarse una cerveza muy fresca para evadir la tentación haciéndose el duro.

Sus ojos no dejaban de observarme, con enfásis por todas esas partes que serían hábiles de proporcionar mucho vicio. Mientras me contaba unas vacaciones que pasó en Irlanda, y eso que aquí la que ostentaba cargo laboral en la hotelería era yo, y tenía anécdotas mil por contar. Acercándonos ya a la gran ciudad, mitigando la velocidad, aprovechaba los semáforos y pequeños atascos para acariciarle la pierna, raspando con mis uñas sobre su piel.

Hicimos un alto en el camino, él aprovechándolo para la cerveza y yo para chuparme un helado. Sí, en esas circunstancias, la casi obligatoria pregunta surgió, preguntándome si quería tomar de su alimento y yo sonreí, moviendo la cabeza de arriba abajo. La versión de mí callada y cachonda deseaba por dentro todos esos placeres originales de la semana pasada. Acercando nuestras cabezas, me dediqué a olfatearle la cara, los labios, el cuello, labrándome una excitación por dentro que me llevó a tal estado de impaciencia y pérdida de raciocinio que me llevé hasta los céntimos que debíamos dejar de propina. De manera totalmente involuntaria.

Volvimos a alistarnos de piloto y respectivo co-piloto, poniendo rumbo a un destino entre cuatro paredes. Me lo estaba tomando con calma eso de conducir, mi juicio ya estaba nublado por otros pensamientos más eléctricos que me ponían los pelos de punta. Hacía eses para adelantar a torpes conductores que se interponían en mi camino, y cuando no quedaba más remedio, marchábamos a velocidad de asno por las grandes avenidas, bien cargadas de todo tipo de vehículos a motor. Ya era casi de noche, y olía el mar. O eso me parecía.

De nuevo en el mismo piso, de los viejos recuerdos, que ahora se entremezclaban con los nuevos, tuve un pequeño ataque de tos que no me quedó más remedio que achacar a una alergia provocada por vete-a-saber-qué. Ya calmada, buscando animarme -no se puede animar a una que ya está necesitada-, me abandonó sobre el colchón, colocándose a mis píes, besándolos y subiendo por las piernas, siempre besando, siempre lamiendo.

Con el cuerpo parado, miraba su cabeza hundiéndose en mi bajo vientre. Moviendo mi zona pélvica con suavidad, le invitaba a tomarse en serio el asunto de la perversión oral. Recitaban sus labios juntándose con los míos filosofías que nunca llegué a escuchar, pero las sentí, milimétricamente. Con su lengua esos pequeños detalles, que uno aprende con la experiencia, haciendo de mi vida en aquel momento un acontecimiento especial. Dejaba usarme entre las piernas cómo un rico manjar.

Asimilé por completo su pasión totalmente humana, con forma cilíndrica, aventurándome a sonreírle, mirándole desde abajo. Mis piernas en los alrededores de sus caderas, obligándole a centrarse en el refugio cálido y húmedo de mi cuerpo, descubriéndome una vez más. Me hallaba en un estado de excitación muy avanzado, intentando controlar la furia de una explosión que se me antojaba muy próxima. Por el contrario, él se encontraba en un estado ánimico sexual diferente, construyendo todavía su camino al éxtasis carnal.

Sometida a la dictadura de las hormonas y las terminaciones nervosas, el orgasmo ganó la gran batalla contra mis ganas de aguantarme un poquito más. Perdí el control de mi cerebro y me dejé llevar, parándome casi a cámara lenta a sentir todas esas pequeñas emociones que me golpeaban modestamente cada hueso, cada carne, toda la sangre. Y estoy muy convencida que aquello se escuchó más allá de las cuatro paredes de nuestra habitáculo particular del placer.

Pasado el trance inicial, era una tarea bastante problemática borrarme la sonrísa de la cara. Veía su mirada también contenta, compartiendo conmigo ese minuto de eterna gloria. Mis pechos subían y bajaban rítmica y frenéticamente al compás de los movimientos acelerados de mi caja torácica, hasta que volví a recuperar la sensación de autocontrol corporeo. Y a pesar de no ser ni de lejos una mujer muy voluminosa en eso de los pechos, sus ojos subían y bajar de mi cara a mis pezones continuamente.

Me sitúe de tal forma que él pudo ver perfectamente el dibujo de mis nalgas, apuntaladas sobre mis rodillas dobladas encima del colchón, mientras su erección accedía en mi boca. Intentaba usar técnicas que no dañasen demasiado mi cuello, alargando los periódos de recuperación para respirar, y sonreír también. Mi meta era pasárnoslo bien, pero el objetivo final a corto plazo era llevarle a él también a una buena, y rápida, descarga.

Sentí una doble ración de líquido blanco salir disparada, golpeándome en la boca (nota para los hombres: sí, las mujeres tenemos la capacidad de sentir esas cosas). Aunque lo habitual es que las descargas de este tipo te lleguen en fila india, una detrás de otra, con tiempo suficiente para no ahogarte una vez una desarrolla ciertas habilidades a base de práctica, en este caso, sí, fue casi una doble descarga inicial, como un arma en modo automático. Y aunque te sorprende, en esos instantes no tienes tiempo para poner cara de sorpresa, es algo que analizas después, si eso. La cantidad fue abundante, tanto que no ha llovido más de una vez desde la última vez que recuerdo una ocurrencia similar.

Luego de ducharnos juntos, nos hicimos un café, compartiendo taza. Y nos debimos pasar con la leche, porque estaba muy muy empalagoso, pero bueno. Mis obligaciones maternas requerían de mi presencia y tuve que dar por acabada la noche a mitad de la taza. Pero la semana era larga, y volví a consumirle y a dejarme consumir, con responsabilidad. Y sin ella.

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Author: admin